Hoy me declaro anti-Airbnb, aunque obviamente, no siempre pensé así.
Y creo que es importante empezar por aquí porque no escribo esto desde el enfado ni desde el rechazo, sino más bien desde la observación, la experiencia y una decepción profunda.

Por lo que he ido comentando con más gente, es posible que esta postura o sentimiento sea más generalizado de lo que pensaba en un principio, pero bueno, de momento os expongo mi punto de vista y si queréis, en comentarios o por redes, me decís el vuestro.

Durante muchos años, Airbnb fue una idea bonita, una alternativa real a los hoteles que estaban disparando sus precios y abusando del cliente pues no había competencia.
Habitaciones de 12m2, sin ventanas y oliendo a tabaco por el precio de 75€ noche, sin desayuno incluido pero hasta arriba de moqueta.

Airbnb nació como un recurso para pasar un par de noches peladas, para pobres.
Una forma de compartir lo que tenías sin necesidad de grandes infraestructuras y sin idea de negocio. Bajo el lema «compartir es vivir» cualquier cosa era bienvenida porque quien lo requería no buscaba ni lujo, ni dejarse un riñón en un hotel:

Una habitación libre.
Un sofá.
Un piso que alguien compartía puntualmente mientras viajaba.
..

Y es que había algo humano en todo eso. Algo cercano. Amistades lejanas con promesas de un reencuentro de vuelta donde cobrarse ese sofá y la compañía disfrutada.
Algo justo.

Pero ese espíritu se perdió. Y lo que vino después ya no tiene nada de inocente ni de buenas intenciones.

Cuando compartir dejó de ser compartir

Lo que empezó como economía colaborativa y humana, se transformó en un modelo de negocio agresivo, pensado no para convivir, sino para explotar.

Hoy ya no hablamos de personas alquilando su casa de vez en cuando. Hablamos de empresas con decenas y cientos de viviendas destinadas exclusivamente al alquiler turístico.

Pisos comprados no para vivir, sino para rentabilizar a cualquier coste.

Edificios enteros donde no hay buzones con nombres, solo códigos y llaves inteligentes.
Comunidades donde nadie se conoce porque nadie se queda.

Las viviendas dejan de serlo para convertirse en un producto de consumo. Y cuando la vivienda deja de ser hogar, la ciudad empieza a romperse por dentro.
Y así tenemos, ciudades rotas, ciudades sin alma ni espíritu. Ciudades arrasadas por la bomba tóxica que es el turismo (y, para sorpresa de nadie, el ansia de más riqueza).

Vemos The Walking Dead o cualquier otra película postapocalíptica y observamos ciudades completamente abandonadas, que tienen su encanto por haberse purgado de la plaga que es el ser humano, pero a la vez, cuanta soledad ¿no?, tanto construido para no servir a su fin.

¿Y qué tenemos ahora? Más de lo mismo: pisos abandonados por meses, desprovistos de mantenimiento; sólo el justito para evitar una mala valoración. Pisos con persianas estáticas y bisagras olvidadas…

Pisos zombies.

Centros vaciados, periferias forzadas

Los núcleos históricos y céntricos de las ciudades ya no pertenecen a quienes nacieron allí.
Pertenecen, temporalmente, a quienes lo pueden pagar por unos días.

Familias que llevan generaciones en un barrio se ven obligadas a marcharse no porque quieran, sino porque el alquiler sube, el propietario no renueva o directamente vende el piso para uso turístico.

Y así se llenan los centros de las ciudades con esos pisos zombies, esperando al próximo visitante en temporada media-alta para chuparles hasta el último céntimo que estén dispuestos a pagar.

Y tu dirás: es el mercado.

Si y no, el mercado de la oferta y la demanda te ofrece lo que el usuario pide, pero qué pasa con lo que piden los residentes. Mantener sus casas, tener vecinos, tener vida de barrio. Parece que como eso no da beneficio está fuera de las exigencias y no cuenta. Pero no, sí que cuenta.

Además podemos citar aquí el artículo 47 de nuestra Constitución Española: Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada.

Preguntemos a la gente que está viviendo en zulos, pisos sin ventanas, pequeños comercios reformados para vivienda pero sin licencia para ello, habitaciones compartidas con espacio para un colchón a precio de chalet independiente… si esas condiciones son dignas o adecuadas.

Estamos permitiendo un sistema que prima la despoblación y gentrificación de ciudades para el enriquecimiento de unos pocos, normalmente gente ya pudiente o empresas adineradas que no piensan en los residentes ni en sus tiendas como peluquería Mari Paz o frutería Paco; sólo piensan en su bolsillo repleto para seguir comprando más pisos y seguir destruyendo ciudades, su gente, su cultura, sus comercios y su ESENCIA; en definitiva, para seguir especulando.

Es una paradoja cruel: barrios llenos de gente, pero sin vecinos.

Y mientras tanto las periferias llenas con peores servicios, peor comunicación y, por esta demanda, precios en aumento. Si antes tardabas 15 minutos en llegar al trabajo estás de enhorabuena, ahora necesitarás 1 hora (de ida y otra de vuelta).

Antes tenías el gimnasio a 10 minutos, ahora tienes el más cercano a 25 minutos, la matrícula está más barata, pero lo compensas con el gasto en gasolina. Enhorabuena!

Y así un largo etcétera de lo cotidiano transformado en tedioso.

Barrios sin vecinos, calles sin memoria

Cuando quienes viven en un barrio desaparecen, desaparece también la identidad de éste.

Las carnicerías y pescaderías de confianza ya no venden porque nadie cocina.
El mercado pierde sentido porque no hay rutina.
La papelería, la ferretería, la mercería, zapaterías… cierran una a una por falta de clientes fijos.

Y en su lugar aparecen tiendas pensadas para el consumo rápido: souvenirs repetidos, productos sin identidad, comida precocinada y restaurantes de calidad mediocre a precios de estrella michelín.

La calle deja de ser un lugar de encuentro y se convierte en un decorado. El típico atrezo de ciudad del SXXI para los reels de instagram.
Un espacio bonito para fotografiar, pero vacío de historia.

Y una ciudad sin historia y sin memoria es una ciudad fantasma. Como una lápida preciosa con flores de plástico: Aquí yace Málaga, Madrid, Santander… un esqueleto de cemento y ladrillos pues la ciudad ya no vive aquí.

Hostelería sí, pero ¿a qué precio?

Es cierto que este modelo potencia bares, restaurantes y terrazas. Todos hablan de lo bien que les va a los hosteleros y no hay más que verlo. Un restaurante nuevo en el centro sale con ganancias desde el primer año (o primera temporada alta).
Pero esto, en realidad, no fortalece el tejido local, lo vuelve frágil y dependiente:

  • Locales que solo abren cuando hay turistas.
  • Negocios que sobreviven unos meses al año.
  • Trabajos temporales, mal pagados y sin estabilidad.

Cuando llega el invierno, las persianas bajan y los pocos que viven allí todo el año se quedan sin servicios, sin opciones, sin vida en la calle. Todo esto puede resultar poético e inventado pero es lo que vivo año tras año en un pueblito cerca del mar. Es mi año a año, como el de muchos otros incluso en zonas de interior y ciudades grandes.

La ciudad se vuelve estacional.
Pero es que las personas no lo son, no lo somos.

Ciudades saturadas y servicios al límite

Y esta situación no solo afecta a los locales, los barrios, sus comercios, su cultura e identidad…. Es que en festivos, puentes y vacaciones, la población se multiplica, pero los servicios públicos no crecen al mismo ritmo.

Centros de salud abarrotados.
Hospitales desbordados.
Transporte público colapsado.
Carreteras inundadas de tráfico.

Una infraestructura pensada para una población estable no puede soportar una avalancha constante de visitantes sin consecuencias. Y esas consecuencias no las paga, que en parte y menor medida también, quien viene unos días.
Las paga quien vive allí todo el año, pues su vida acaba siendo una marea constante, sin rutinas, sin balance, sin medias tintas. O mucho o nada.

Os pongo un ejemplo: Noja. Noja tiene 2.500 habitantes todo el año, pero en verano llega a albergar hasta 100.000. Es 40 veces más su población normal!! Pero su infraestructura es la misma, sus medidas las mismas también. Noja no se expande en proporción a su clientela estacional.

Y el daño no acaba ni si quiera aquí….

El encarecimiento de todo

La llegada masiva de personas con mayor poder adquisitivo eleva los precios de absolutamente todo.

Alquileres imposibles.
Compra de vivienda inalcanzable.
Comercios que ajustan sus precios a quien puede pagar más.

Lo cotidiano se convierte en lujo.
Lo básico se vuelve inaccesible.

Y así, poco a poco, se produce una sustitución silenciosa: el nativo se va y el visitante se queda (temporalmente).

No porque aporte más.
Sino porque consume más.

Viajar para no encontrar nada auténtico

Lo más triste de todo es que este modelo tampoco beneficia al viajero consciente.

Viajas para conocer una cultura, pero te alojas en un piso sin identidad.
Caminas por calles esperando integrarte y empaparte de su vida local pero ésta murió con tu llegada.
Consumes productos creyendo únicos y locales pero están importados y pensados para cualquiera.

Todo se parece demasiado.
Todo está pensado para gustar a todos.
Y no representar a nadie.

El centro de muchas ciudades ya no muestra lo autóctono, sino una versión edulcorada, rentable y vacía de sí misma que intenta agradar al consumidor y así mantenerse en el «TOP 10» en la revista de ciudades más «bonitas» de 2026. Como un concurso de escaparates en navidad.

Mi veredicto

Pues mi veredicto final después de todo lo que te he comentado (que no es poco) no podía ser otro que el que reza el título de este post: que, con conciencia y coherencia, me declaro anti-Airbnb.

No por lo que fue.
Sino por lo que es ahora.
Porque su ética y su moral no me representan.
No me definen como persona. Y mucho menos como humana.

Porque no quiero ser parte de un sistema que expulsa a quienes no pueden competir económicamente incluso siendo los nativos y autóctonos de la ciudad. Nos quejamos en otras ocasiones por la invasión de otras culturas pero permitimos el desalojo del nativo de nuestros barrios y ciudades.
Y es que no quiero contribuir a este desalojo, me niego a ser parte en la desaparición de sus historias y comunidades, de su esencia única.

No quiero ser parte en este asesinato silencioso.

Prefiero ciudades vivas, aunque imperfectas.
Barrios con vecinos, aunque no sean rentables.
Hogares antes que productos.

Cada ciudad ha sido diseñada para albergar a una cantidad X de turistas, con hoteles y hostales regulados y en proporción a la expansión de la misma, de sus recursos y de sus infraestructuras y esto al final, es una regulación consciente del turismo que dicha ciudad puede soportar.

¿Y si no hay hoteles disponibles?
Pues tal vez debas viajar a otra ciudad o cambiar las fechas o anticiparte más la próxima vez, como se ha hecho toda la vida. Pero inundar todo el territorio de pisos turísticos no es la solución, es como barrer debajo de la alfombra, con todas las repercusiones que ello conlleva.

Y ya que te quedaste hasta el final de este pensamiento mío, te invito a reflexionar, ¿qué es lo que quieres para tu ciudad? ¿qué quieres para tu barrio? Tal vez la respuesta te incomode, porque volver a los hoteles después de haber probado la comodidad de un Airbnb es duro.

Pero creo que es el mal menor pues eliminar los centros de las ciudades, su gente, su cultura, su historia y su memoria es, sin duda, un acto mucho peor.

Así que te toca decidir: ¿seguirás siendo cómplice de esta masacre o te rebelarás para cuidar de nuestra esencia española?

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